Ganadores de la noche
Mejor película animada
K-Pop Demon Hunters
En una categoría que reafirma que la animación es un lenguaje universal, K-Pop Demon Hunters se alzó con la estatuilla dorada. De hecho, la película cautivó a la Academia mediante una explosiva mezcla de coreografías musicales y folclore coreano. Además, su estética visual redefine el cine contemporáneo.
El momento agridulce
A pesar del triunfo, el momento de gloria de Kang se vio empañado por un error de coordinación durante la gala. En consecuencia, este fallo logístico no solo encendió las redes sociales, sino que provocó abucheos dentro del Dolby Theatre. Por esta razón, el suceso se convirtió en uno de los puntos más polémicos de la ceremonia.





Un recibimiento maravilloso
El momento más emotivo de la noche llegó con su discurso. Durante su intervención, Madigan rompió la tensión de la gala con una risa contagiosa. Posteriormente, confesó estar abrumada y con las piernas temblando. El broche de oro fue su dedicatoria a su esposo, el actor Ed Harris.
Mejor actriz de reparto
Amy Madigan: 40 años después.
A sus 75 años, Amy Madigan hizo historia al ganar el Oscar. Específicamente, logró el premio por su papel de la tía Gladys en La hora de la desaparición. Cabe destacar que obtuvo la estatuilla exactamente 40 años después de su primera nominación. Aunque llegó como favorita tras sus triunfos en los SAG, se impuso en una categoría sumamente competitiva. Asimismo, su victoria es un hito para el cine de terror.


Mejor actor de reparto
Sean Penn: El tercero en la vitrina
La categoría de Mejor Actor de Reparto se convirtió en uno de los grandes focos de la 98.ª edición, marcada por el duelo interno entre los veteranos Benicio del Toro y Sean Penn por la misma cinta. Finalmente, fue Penn quien se alzó con la victoria por su papel en Una batalla tras otra, logrando un hito histórico al conseguir su tercer Oscar e igualar el récord de leyendas como Daniel Day-Lewis. Lo más impresionante de este logro es que al actor le bastaron apenas 30 minutos en pantalla para desplegar una maestría interpretativa que resultó fulminante frente a sus competidores.
Una ausencia legendaria
A pesar de la magnitud del reconocimiento, el actor fue el gran ausente de la gala. Por lo tanto, su silla vacía añadió un aire de misterio y sobriedad a su triunfo. Esta victoria no solo consolida su estatus como uno de los mejores actores de su generación. También reafirma el dominio absoluto de su película como la gran triunfadora de la noche.
Mejor director
Paul Thomas Anderson:
La consagración
Como se tenía previsto, Paul Thomas Anderson se llevó a casa el Oscar como Mejor Director gracias a su trabajo en Una batalla tras otra. Este triunfo representó el golpe final para consolidar una temporada impecable, donde su visión artística fue la columna vertebral del éxito de la cinta. Tras años de entregar obras maestras y ser una figura de culto, Anderson finalmente conquistó a la Academia con una producción de gran escala que no sacrificó su sello personal, reafirmando su lugar como uno de los cineastas más influyentes de nuestra era.

Una deuda saldada
Esta victoria se sintió en Hollywood como un acto de justicia poética para un director que ha moldeado el cine contemporáneo con títulos como Magnolia (1999) y There Will Be Blood (2007). Al recibir su primera estatuilla en esta categoría, Anderson no solo valida su trayectoria de alto calibre, sino que demuestra su maestría para guiar a su elenco hacia interpretaciones históricas. Con este galardón, la industria finalmente rinde honores al hombre que ha transformado la narrativa visual, convirtiendo este premio en el momento más esperado y celebrado de la 98.ª edición.
Mejor diseño de producción
Frankenstein: El triunfo de la estética artesanal
La “sorpresa no tan sorpresa” de la 98.ª edición fue para la nueva adaptación de Frankenstein, dirigida por Guillermo del Toro, que se alzó con el Oscar a Mejor Diseño de Producción. El galardón, recibido por la talentosa Tamara Deverell, confirma que la visión estética del director mexicano sigue siendo imbatible en la Academia. Este triunfo se basó en una narrativa visual de alto calibre, donde la recreación del laboratorio de Victor Frankenstein en una torre de agua abandonada destacó como una de las piezas escenográficas más bellas y trágicas del año, utilizando una codificación de color precisa para guiar la historia sin necesidad de diálogos.


El sello de Tamara Deverell
Deverell, colaboradora habitual de Del Toro, logró en esta cinta su obra cumbre al apostar por sets físicos y texturas reales en lugar de depender excesivamente del CGI. Esta decisión otorgó a la película una atmósfera tangible y única, permitiendo al espectador casi “sentir” la humedad de los escenarios europeos y la frialdad de las paredes del laboratorio. Al evitar el abuso de herramientas digitales, la producción recupera la esencia del cine clásico, consolidando a Frankenstein como una pieza maestra del diseño inmersivo que marca un estándar para las futuras producciones de género.




